Una lectura social, psicológica y filosófica de la película de Coralie Fargeat
Este análisis revela detalles de la trama y del desenlace de la película.
En la primera parte de esta serie leímos La sustancia como el retrato de una sociedad que convierte el envejecimiento en un defecto. Elisabeth Sparkle, desplazada de la televisión por su edad, recurre a un procedimiento que le promete una versión joven y perfecta de sí misma, Sue, a cambio de una sola regla, alternarse cada siete días y recordar que son una misma persona. Esta segunda parte se detiene en esa promesa y en lo que dice de nuestra época.
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La frase publicitaria de la sustancia, «una mejor versión de ti mismo», es uno de los elementos más reveladores de la película, porque obliga a preguntarse qué significa exactamente ser mejor: si más joven, más atractivo, más exitoso, más deseado o más feliz. La película nunca demuestra que Sue sea psicológicamente más saludable, emocionalmente más madura o existencialmente más satisfecha que Elisabeth, simplemente es más joven y responde mejor al ideal estético dominante, y eso basta para presentarla como una versión superior.
Aquí aparece una conexión con la sociedad del rendimiento descrita por Byung-Chul Han. En lugar de recibir únicamente prohibiciones externas, el individuo contemporáneo se encuentra todo el tiempo invitado a superarse, optimizarse y transformarse, y la exigencia adopta la apariencia de libertad: ya no basta con cumplir con lo que otros demandan, también hay que convertirnos voluntariamente en proyectos permanentes de perfeccionamiento.
Esta lógica alcanza incluso al discurso del amor propio. Debemos aceptarnos, pero también mejorar sin descanso; debemos amar nuestro cuerpo, pero transformarlo; debemos envejecer con dignidad, pero procurar que no se note; debemos ser auténticos, pero conservar una imagen socialmente aceptable. En este contexto, el autocuidado puede transformarse en una forma de autoexplotación.
La diferencia no siempre se encuentra en la conducta observable, también está en su función psicológica. Una persona puede hacer ejercicio porque disfruta sentirse fuerte y desea preservar su salud, y otra puede realizar exactamente la misma actividad porque considera que su cuerpo es inaceptable y que no merece descansar hasta transformarlo: el comportamiento es semejante, la relación consigo misma es radicalmente distinta.
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La intervención milagrosa y el costo que preferimos ignorar
El procedimiento que utiliza Elisabeth recuerda, simbólicamente, a determinadas promesas contemporáneas de transformación corporal: una intervención aparentemente sencilla, resultados extraordinarios y la expectativa de obtener beneficios sin afrontar procesos más complejos. La analogía puede extenderse al uso indiscriminado de medicamentos para adelgazar, incluidos los agonistas del receptor GLP-1 cuando se utilizan sin una indicación clínica adecuada y bajo la fantasía de una solución mágica.
Es fundamental distinguir ese uso de sus aplicaciones médicas legítimas, cuyos beneficios están respaldados por evidencia científica en poblaciones específicas. La dificultad está en la relación que establecemos con la herramienta y en las expectativas que depositamos en sus resultados, más que en la herramienta misma. Una intervención puede modificar el peso corporal, pero no sustituye automáticamente una alimentación adecuada, la actividad física, el cuidado de la masa muscular ni la atención a los factores psicológicos y sociales relacionados con la salud.
Intenta alcanzar la aceptación mediante una conducta que nace del rechazo, y así la solución reproduce el problema.
La sustancia lleva esa contradicción al extremo: promete una transformación extraordinaria, pero exige respetar condiciones indispensables para mantenerla, y Elisabeth y Sue quieren los beneficios sin aceptar los límites.
Algo semejante puede ocurrir en casos de intervenciones estéticas excesivas, cuando la búsqueda reiterada de correcciones responde a una insatisfacción que no desaparece con los cambios físicos. Esto no significa que el uso de bótox, la cirugía estética u otros procedimientos conduzca inevitablemente a una escalada de intervenciones.
Lo interesante es el mecanismo psicológico: cuando la transformación externa se convierte en la respuesta principal a un malestar identitario, puede terminar siendo insuficiente, porque modifica la apariencia sin resolver necesariamente las creencias que alimentan la insatisfacción. La paradoja es que una persona puede terminar alejándose del resultado que originalmente deseaba precisamente por perseguirlo de manera cada vez más extrema.
El secreto, los influencers y la comercialización del deseo
La sustancia también representa una cultura que exige resultados extraordinarios mientras prefiere mantener ocultos los procedimientos necesarios para alcanzarlos. Durante mucho tiempo, determinadas figuras públicas ocultaron sus intervenciones estéticas o atribuyeron sus transformaciones exclusivamente a la genética, la alimentación o el ejercicio, y aunque actualmente existe mayor apertura, continúa presente la expectativa de que la belleza parezca natural y espontánea: se celebra el resultado, pero se juzga el procedimiento. Esto produce comparaciones muy desiguales, porque las personas terminan evaluando su apariencia frente a cuerpos cuyas condiciones concretas de transformación desconocen.
En este contexto adquiere importancia el joven que introduce a Elisabeth al procedimiento. Inicialmente se muestra seguro y entusiasmado, y más adelante, cuando vuelven a encontrarse, su apariencia y comportamiento permiten interpretar una experiencia menos satisfactoria. Su trayectoria recuerda un mecanismo frecuente en la comunicación contemporánea: personas que recomiendan con enorme convicción productos, tratamientos o prácticas basándose fundamentalmente en su experiencia inmediata. No necesitan actuar de mala fe, pueden estar sinceramente convencidas de haber encontrado una solución extraordinaria, pero el entusiasmo subjetivo no constituye evidencia suficiente sobre la eficacia o seguridad general de una intervención. La experiencia personal se convierte en argumento de autoridad y, mediante las redes sociales, puede alcanzar a miles de personas antes de que se conozcan sus limitaciones.
El joven funciona así como una posible metáfora del consumidor que se convierte en promotor de aquello que todavía no comprende plenamente. Su apariencia y su seguridad inicial forman parte del trabajo persuasivo, y la promesa parece verdadera porque alguien parece encarnar sus resultados.
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