Una lectura social, psicológica y filosófica de la película de Coralie Fargeat
Este análisis revela detalles de la trama y del desenlace de la película.
Esta es la última de cuatro lecturas sobre La sustancia, la película de Coralie Fargeat en la que Elisabeth Sparkle, una estrella de televisión desplazada por su edad, da vida a una versión joven de sí misma hasta que ambas se destruyen. Después de mirar la sociedad que exige juventud, la promesa de la optimización y el estrechamiento de la identidad, llegamos al final de la historia.
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Una de las imágenes más significativas aparece hacia el final, cuando Monstro Elisasue recorta el rostro de Elisabeth de un póster y se lo coloca sobre la cara. El rostro que elige es el de Elisabeth, y el de Sue queda descartado, y se trata de aquella mujer que, al comienzo de la historia, ya consideraba insuficiente.
La escena permite una interpretación muy humana: aquello que antes rechazábamos puede convertirse, cuando lo perdemos, en algo que desearíamos recuperar. Elisabeth no valoraba suficientemente su rostro original mientras lo tenía, y cuando ya no puede recuperarlo, intenta apropiarse nuevamente de él. Esto recuerda nuestra tendencia a idealizar retrospectivamente etapas que, mientras las vivíamos, también estaban marcadas por insatisfacciones. Cuando Elisabeth era Elisabeth, quería ser Sue, y cuando deja de poder ser cualquiera de las dos, quiere volver a ser Elisabeth: la satisfacción siempre parece encontrarse en una versión de sí misma que ya no está disponible.
La imagen también puede entenderse como un intento desesperado de recuperar el reconocimiento público. Ambas interpretaciones son compatibles: Elisabeth busca ser reconocida, pero necesita hacerlo a través de un rostro que ahora comprende como propio. La tragedia adquiere así una estructura circular, porque la historia comienza con el rechazo de Elisabeth y termina con el deseo de recuperarla, cuando el regreso ya es imposible. Elisabeth necesita perderse completamente para reconocer el valor de aquello que era antes de intentar reemplazarse.
El monstruo final y la crueldad de la mirada colectiva
El desenlace grotesco de la película lleva la crítica social hasta sus últimas consecuencias. Monstro Elisasue intenta participar del espectáculo y recuperar la admiración del público, pero cuando su apariencia deja de responder a las expectativas, la reacción se transforma en horror, rechazo y violencia. La escena expone el carácter condicional del reconocimiento que Elisabeth ha perseguido durante toda su vida: el público admira mientras el cuerpo satisface el ideal, y cuando deja de hacerlo, aparece el repudio.
Esta dinámica recuerda la manera en que determinadas figuras públicas son celebradas por conservar una apariencia extraordinariamente juvenil y posteriormente ridiculizadas cuando sus transformaciones estéticas son consideradas excesivas o poco satisfactorias. La sociedad establece un ideal difícil de alcanzar, recompensa a quienes parecen conseguirlo y puede castigar públicamente a quienes muestran las consecuencias de perseguirlo: primero exige perfección, después comercializa las herramientas para alcanzarla, y finalmente ridiculiza a quienes fracasan en el intento.
Esa crueldad tampoco proviene exclusivamente de los hombres, también puede reproducirse mediante la mirada, los comentarios y las comparaciones realizadas por otras mujeres. La dominación social no siempre tiene el rostro desagradable de Harvey, a veces se presenta como preocupación, consejo o juicio aparentemente bienintencionado. La película obliga así a considerar no solamente la responsabilidad de quienes producen los ideales, sino también la de quienes los consumen, celebran y reproducen.
Psicoterapia, normalidad y adaptación social
La historia también permite plantear una pregunta para las disciplinas de la salud mental: ¿hasta qué punto las intervenciones psicológicas y psiquiátricas pueden contribuir a la adaptación de las personas a sistemas sociales que participan en la producción de su sufrimiento?
Michel Foucault examinó cómo las instituciones y los saberes especializados pueden intervenir en la definición de lo normal y lo anormal, y cómo esas categorías pueden funcionar como mecanismos de regulación social. Esto no implica negar la existencia de los trastornos mentales ni cuestionar indiscriminadamente la legitimidad de los tratamientos clínicos, implica distinguir entre el sufrimiento clínicamente significativo y la simple diferencia respecto de una expectativa social. Una persona puede experimentar dificultades porque no consigue adaptarse a su entorno, y también puede sufrir porque ese entorno le exige algo incompatible con sus necesidades, sus valores o sus posibilidades, por eso una psicoterapia rigurosa necesita considerar ambas dimensiones.
Si Elisabeth acudiera a consulta, no bastaría con enseñarle estrategias para tolerar mejor el envejecimiento o fortalecer su autoestima, sería necesario explorar por qué su identidad ha quedado tan estrechamente vinculada a su apariencia, qué experiencias han consolidado esa relación y cómo las expectativas sociales participan en su sufrimiento. Tampoco bastaría con explicarle que su malestar es consecuencia de la cultura, porque Elisabeth necesita elaborar psicológicamente su relación con el cuerpo, la identidad, el reconocimiento y el paso del tiempo. La crítica social no sustituye al trabajo clínico, del mismo modo que el trabajo clínico no debería sustituir a la crítica social.
Una psicoterapia bien fundamentada no tendría por qué orientar a las personas hacia una versión socialmente más productiva, atractiva o exitosa de sí mismas, también debería ayudarlas a cuestionar los ideales a partir de los cuales han aprendido a evaluarse. La psicoterapia puede ayudar a una persona a adaptarse mejor a su entorno, pero también puede ayudarla a preguntarse si ese entorno merece su adaptación.
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Más allá de su crítica al culto a la juventud, La sustancia permite reflexionar sobre una característica inevitable de la existencia, vivir implica cambiar: nuestros cuerpos cambian, nuestras capacidades se transforman, nuestros vínculos evolucionan, los roles que alguna vez organizaron nuestra identidad pueden perder centralidad, y ninguna versión de nosotros mismos puede permanecer intacta.
La psicoterapia puede ayudar a una persona a adaptarse mejor a su entorno, pero también puede ayudarla a preguntarse si ese entorno merece su adaptación.
Sin embargo, no siempre conseguimos aceptar esa continuidad a través del cambio. Podemos quedar atrapados en la nostalgia de aquello que fuimos o en la fantasía de aquello que creemos que deberíamos llegar a ser, y en ambos casos el presente corre el riesgo de convertirse en una etapa que simplemente debemos soportar.
Elisabeth representa esa dificultad de manera extrema. En lugar de preguntarse qué puede hacer con la persona que es ahora, se pregunta cómo puede volver a ser la persona que era, y son dos preguntas radicalmente diferentes: la primera permite construir continuidad a través de la transformación, la segunda puede mantenernos atrapados en la imposibilidad de recuperar el pasado.
Aceptar el cambio no significa celebrar todas sus consecuencias, renunciar a mejorar o dejar de experimentar dolor por aquello que perdemos, tampoco implica que debamos reinventarnos permanentemente. Se trata de reconocer que nuestra identidad no puede depender de conservar intacta una sola versión de nosotros mismos. Integrarse psicológicamente es incorporar lo que fuimos, lo que somos y lo que todavía podemos llegar a ser dentro de una historia personal que continúa, sin eliminar el pasado ni sustituirlo por una identidad completamente nueva.
Conclusión: el precio de querer permanecer
La sustancia utiliza un recurso cinematográfico extraordinariamente eficaz para denunciar un fenómeno social concreto: la búsqueda implacable de la juventud física y la transformación del envejecimiento en una condición que debe corregirse, ocultarse o combatir. Su exageración, lejos de restar pertinencia a la crítica, la vuelve visible, y el horror corporal permite representar de manera extrema las contradicciones de una sociedad que exige perfección, comercializa los medios para alcanzarla y castiga a quienes muestran las consecuencias de esa búsqueda.
Al final, Elisabeth no consigue recuperar su juventud, su reconocimiento ni su identidad, y cuando intenta volver a su rostro original, descubre que también ha perdido aquello que antes despreciaba. La película termina revelando una paradoja muy humana: podemos dedicar tanto esfuerzo a recuperar quienes fuimos o a convertirnos en quienes creemos que deberíamos ser que terminamos perdiendo la posibilidad de vivir como quienes somos.
Quizás el verdadero horror de Elisabeth esté en haber pasado tanto tiempo intentando recuperar una versión de sí misma que nunca llegó a descubrir quién podía ser después, más que en haber envejecido o en haberse convertido en un monstruo. Porque, en última instancia, La sustancia trata de la dificultad humana para aceptar que vivir implica transformarse y que ninguna versión de nosotros mismos puede permanecer intacta.
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