Una lectura social, psicológica y filosófica de la película de Coralie Fargeat
Este análisis revela detalles de la trama y del desenlace de la película.
«La sustancia trata de la dificultad humana para aceptar que vivir implica transformarse y que ninguna versión de nosotros mismos puede permanecer intacta».
Hay películas cuyo argumento parece agotarse en aquello que muestran y otras que, utilizando una historia aparentemente sencilla, consiguen abrir preguntas mucho más complejas sobre la experiencia humana. La sustancia (2024), escrita y dirigida por Coralie Fargeat y protagonizada por Demi Moore y Margaret Qualley, pertenece a esta segunda categoría.
Su premisa es tan grotesca como provocadora: Elisabeth Sparkle, una antigua estrella televisiva que comienza a ser desplazada por su edad, descubre un procedimiento que promete producir una versión mejorada de sí misma. El resultado es Sue, una mujer joven, hermosa y aparentemente capaz de recuperar todo aquello que Elisabeth siente haber perdido. La intervención tiene una única condición fundamental, mantener el equilibrio: ambas versiones deben alternarse cada siete días y recordar que, pese a sus diferencias, son una sola persona, y la transgresión progresiva de esa regla desencadena una historia de deterioro físico, violencia y autodestrucción.
A primera vista, la película constituye una sátira feroz sobre el culto a la juventud, la cosificación femenina y las exigencias estéticas de la industria del entretenimiento, pero reducirla a una denuncia de la belleza como mandato social sería desaprovechar buena parte de su riqueza. La historia también permite explorar cómo construimos nuestra identidad, de qué manera interiorizamos las expectativas sociales, cómo transmitimos nuestros valores a las generaciones siguientes y qué sucede cuando aquello que considerábamos esencial para nuestra existencia comienza a desaparecer. La búsqueda de la juventud física es el vehículo cinematográfico, y el conflicto que transporta es mucho más universal.
Una sociedad que convierte el envejecimiento en un defecto
La primera gran virtud de La sustancia consiste en llevar hasta el extremo una contradicción muy arraigada en la cultura contemporánea: todos envejecemos, pero el envejecimiento continúa tratándose, especialmente en las mujeres, como una pérdida de valor. La película no necesita inventar ese fenómeno, le basta con exagerarlo.
Elisabeth es desplazada profesionalmente cuando deja de representar el ideal de juventud que su industria considera comercialmente atractivo. Su experiencia refleja una forma de edadismo que trasciende la televisión y se extiende a la publicidad, las relaciones sociales y las representaciones culturales del éxito: se celebra a las mujeres mayores que parecen jóvenes, se elogia a quienes han envejecido «sin que se les note», se presenta como virtud haber conservado un rostro o un cuerpo que contradiga las transformaciones esperables del tiempo, y la expresión «envejecer bien» termina significando, con demasiada frecuencia, «no parecer viejo».
Esta paradoja puede examinarse desde la crítica estética de Byung-Chul Han. En La salvación de lo bello, el filósofo analiza la fascinación contemporánea por lo liso, lo pulido y lo impecable: superficies que eliminan asperezas, irregularidades y signos de resistencia. La analogía con el cuerpo resulta sugerente, porque incluso cuando nuestra cultura recupera objetos antiguos, suele restaurarlos, pulirlos y convertirlos en versiones estéticamente aceptables de su pasado, y algo semejante ocurre cuando se celebra la madurez siempre que sus huellas físicas permanezcan suficientemente disimuladas. Lo que se rechaza, entonces, son las manifestaciones visibles de la edad, más que la edad cronológica en sí.
En ese contexto, Elisabeth desea rejuvenecer porque ha aprendido que su valor depende de conservar la juventud, y no porque haya descubierto que esta sea superior en sí misma. La película plantea así una pregunta implacable: ¿hasta qué punto nuestras preferencias estéticas son tan individuales como creemos cuando la sociedad recompensa sistemáticamente unas apariencias y penaliza otras?
Esto no significa que cualquier intervención estética constituya una forma de sometimiento. Las personas pueden modificar su apariencia por placer, creatividad, comodidad o elección personal, y la cuestión es distinguir entre el deseo de cambiar y la experiencia de necesitar hacerlo para seguir considerándose digno de reconocimiento.
El sistema no solamente castiga a Elisabeth: también la construye
Harvey, el productor televisivo interpretado por Dennis Quaid, representa de manera grotesca el poder de una industria que consume cuerpos jóvenes y descarta aquellos que dejan de responder a sus expectativas. Sería un error, sin embargo, considerarlo el origen exclusivo del problema, porque Harvey es apenas la manifestación visible de un sistema mucho más amplio.
Elisabeth ha vivido durante décadas en un entorno donde la belleza, la juventud y la deseabilidad funcionan como formas de capital social, que no proporcionan únicamente oportunidades profesionales, también ofrecen prestigio, admiración, pertenencia y reconocimiento.
Desde esta perspectiva, resulta útil el concepto de violencia simbólica desarrollado por Pierre Bourdieu: las relaciones de dominación pueden mantenerse no solamente mediante imposiciones externas, sino también cuando sus criterios llegan a ser interiorizados y percibidos como naturales por quienes resultan perjudicados. Elisabeth no necesita que Harvey esté presente para sentirse insuficiente, porque ha aprendido a evaluarse utilizando los mismos criterios con los que su entorno la juzga.
La escena en la que intenta arreglarse para una cita y termina retirándose repetidamente el maquillaje constituye una de las representaciones psicológicas más poderosas de la película. Está sola frente al espejo, pero socialmente nunca está sola: la acompañan décadas de comparaciones, expectativas, recompensas y mensajes acerca de cómo debería verse. El sistema ha conseguido algo más eficaz que imponerle una exigencia, ha conseguido que ella misma la reproduzca.
La responsabilidad social, además, no termina en los hombres ni en las instituciones. Las propias mujeres también pueden participar en la reproducción de estos ideales mediante comparaciones, comentarios, juicios estéticos y expectativas transmitidas a otras mujeres, y la vigilancia sobre el peso, las arrugas, la apariencia o el envejecimiento no necesita una autoridad masculina presente para funcionar. Esto no implica distribuir de manera idéntica la responsabilidad entre todos los participantes, porque las posiciones de poder, los incentivos y las posibilidades de elección son diferentes, pero haber sufrido un sistema tampoco impide contribuir a reproducirlo. Esta observación conduce a una dimensión particularmente interesante de la relación entre Elisabeth y Sue.
El sistema ha conseguido algo más eficaz que imponerle una exigencia, ha conseguido que ella misma la reproduzca.
Sue: la generación que hereda aquello que desprecia
Sue nace literalmente de Elisabeth, es una creación suya, depende de ella y, sin embargo, termina tratándola como un obstáculo que debe eliminar. Esta relación puede interpretarse como una metáfora de la transmisión intergeneracional de los ideales sociales.
Las generaciones anteriores de mujeres no solamente padecieron determinadas exigencias estéticas, algunas también las transmitieron, consciente o inconscientemente, a sus hijas. Una madre que ha sufrido por su peso puede enseñar a su hija a vigilar el suyo, y una mujer que ha experimentado el envejecimiento como una pérdida de valor puede transmitir a la siguiente generación el miedo a cumplir años, muchas veces sin ninguna crueldad, simplemente porque también transmitimos aquello que no hemos conseguido cuestionar de nuestra propia educación. Sue hereda de Elisabeth el sistema de valores que termina utilizándose contra ella.
Aquí aparece una ironía: Elisabeth, durante sus años de celebridad, también representó el ideal de belleza que ahora la excluye. La mujer que antes ocupaba una posición privilegiada dentro de la jerarquía estética termina siendo desplazada por otra que encarna mejor sus exigencias. Elisabeth intenta recuperar su lugar dentro de esa jerarquía, sin intentar destruirla en ningún momento, y Sue tampoco la cuestiona, simplemente ocupa la posición que Elisabeth perdió. Ambas reproducen el mismo sistema.
La lectura intergeneracional es una interpretación posible, no una relación maternofilial que la película desarrolle explícitamente, aunque permite formular una pregunta relevante: ¿qué responsabilidad tenemos sobre los valores que transmitimos cuando esos mismos valores han sido fuente de nuestro sufrimiento?
Tal vez te interese leerEl precio que pagamos los adultos por las “virtudes” de la infancia →Esta es la primera de cuatro lecturas sobre La sustancia, la próxima entrega trata sobre la promesa que da nombre al producto de la película, la de convertirse en «una mejor versión de ti mismo», y sobre el precio que esa frase esconde, y estará disponible el domingo 18 de octubre.