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La sustancia (parte 3 de 4): cuando toda la identidad depende de una sola cosa

Tercera lectura sobre La sustancia: qué ocurre cuando toda la identidad depende de una sola fuente de valor, y por qué podemos seguir siendo nosotros mismos sin permanecer iguales.

Equipo de Neurohealth · Psiquiatría, psicología y neuropsicología · 25 de octubre de 2026 · 5 min de lectura

Fotograma de La sustancia (2024): Elisabeth pasa la aspiradora en su apartamento bajo un gran póster de Sue

Una lectura social, psicológica y filosófica de la película de Coralie Fargeat

Este análisis revela detalles de la trama y del desenlace de la película.

En La sustancia, Elisabeth y Sue son una sola persona repartida en dos cuerpos que deben alternarse cada siete días. Las dos primeras partes de esta serie miraron la película desde la sociedad que exige juventud y desde la promesa de la optimización, y esta tercera entra por la psicología, por lo que ocurre dentro de alguien que ha construido toda su identidad sobre una única fuente de valor.

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El equilibrio: la integración psicológica como núcleo de la película

La sustancia establece una regla fundamental, mantener el equilibrio: Elisabeth y Sue deben alternarse cada siete días y recordar que son una sola persona. Sin embargo, ambas comienzan a comportarse como entidades independientes que compiten por existir. Elisabeth considera que Sue es la solución a todo lo que detesta de sí misma, Sue considera que Elisabeth es el obstáculo que le impide vivir plenamente, y ninguna consigue reconocer a la otra como parte de su propia existencia.

Esta dinámica permite una lectura desde la integración psicológica. Integrar es reconocer y articular experiencias, emociones, necesidades y representaciones de nosotros mismos que pueden entrar en conflicto, sin necesitar destruir unas para conservar otras, y eso no exige eliminar las contradicciones, renunciar al cambio ni conseguir que todas nuestras dimensiones nos resulten agradables.

Elisabeth no consigue integrar a la mujer joven que fue con la mujer mayor que es, y Sue tampoco consigue integrar la vulnerabilidad, la dependencia y la finitud de su existencia: una rechaza su presente, la otra rechaza su origen, y ambas desean existir sin aquello que las constituye. La destrucción física puede interpretarse, entonces, como una representación extrema de la desintegración psicológica, porque cuanto más radical se vuelve la separación, mayor es el daño al organismo compartido.

La regla del equilibrio funcionaría así como algo más que una instrucción para utilizar correctamente el producto, como una declaración sobre la necesidad de reconocer nuestra propia complejidad. Esta interpretación permite comprender algo esencial: transformarnos es posible sin perder la integración, siempre que la transformación no dependa del desprecio hacia aquello que somos.

Elisabeth y el estrechamiento de la identidad

Uno de los recursos narrativos más eficaces de la película es la aparente monotonía de la vida de Elisabeth. Su apartamento es enorme, pero parece vacío, y apenas conocemos vínculos afectivos significativos, intereses personales o proyectos que existan independientemente de su imagen pública. Toda su vida parece organizada alrededor de una única fuente de reconocimiento.

Podemos interpretar esta construcción como una representación del estrechamiento identitario: cuando una dimensión de la existencia ocupa un lugar tan central que las demás quedan subordinadas o insuficientemente desarrolladas. Que Elisabeth valore mucho su belleza o su carrera es comprensible; la dificultad aparece porque, aparentemente, no dispone de otras fuentes de significado capaces de darle soporte cuando esa dimensión comienza a desaparecer. Perder algo que consideramos importante es distinto de perder aquello de lo que depende todo nuestro valor personal: en el primer caso experimentamos una pérdida, y en el segundo podemos experimentar una amenaza a la continuidad de nuestra identidad.

La escena de las rosas resulta especialmente reveladora. Elisabeth ha llegado a reconocer las consecuencias destructivas del procedimiento y parece decidida a detenerlo, pero, al encontrarse con un mensaje de admiración dirigido a Sue, cambia de decisión. La recompensa es estética y es, además, social, emocional y existencial, porque ser Sue significa volver a importar. La sustancia no solo le permite escapar del envejecimiento, también le permite escapar de una vida que, sin la admiración externa, parece haber perdido su sentido. Aquí se produce una inversión decisiva: Elisabeth deja de utilizar la sustancia para vivir y comienza a vivir para mantener los efectos de la sustancia.

La sustancia como metáfora de aquello que nos proporciona sentido

Aunque la película utiliza la juventud física como vehículo narrativo, su conflicto puede extenderse a muchas otras dimensiones de la experiencia humana. Imaginemos que, en lugar de un cuerpo joven, la sustancia ofreciera la posibilidad de recuperar aquello que alguna vez nos hizo sentir especialmente valiosos. Una mujer que ha organizado su identidad exclusivamente alrededor de la maternidad podría desear regresar a la etapa en que sus hijos pequeños dependían de ella, un médico retirado podría querer volver a las salas de urgencias, donde se sentía competente, necesario y reconocido, un deportista podría desear recuperar el cuerpo que le permitía competir, y un profesional podría anhelar la posición de prestigio que ocupó durante décadas.

Elisabeth deja de utilizar la sustancia para vivir y comienza a vivir para mantener los efectos de la sustancia.

En todos estos ejemplos cambia el objeto del deseo, pero puede permanecer un mecanismo psicológico semejante: la persona busca recuperar, además de una capacidad o una actividad, la identidad que esa experiencia le permitía mantener.

Esto adquiere especial relevancia cuando hablamos de las transiciones naturales del ciclo vital. Envejecer, jubilarse, experimentar cambios corporales o asumir nuevas formas de relación con los hijos son procesos esperables, aunque puedan acompañarse de pérdidas y duelos significativos, y no son equivalentes a acontecimientos que interrumpen abruptamente el curso de una vida, como la muerte de un hijo. La distinción es importante, porque Elisabeth no enfrenta una transformación extraordinaria o antinatural, enfrenta el paso del tiempo, y su dificultad surge porque ha construido una identidad que parece incompatible con ese proceso inevitable.

Un médico puede seguir reconociéndose en su vocación después de jubilarse, aunque ya no ejerza de la misma manera, y una madre puede conservar intacta su identidad materna mientras sus hijos desarrollan autonomía. La continuidad personal no exige que las circunstancias permanezcan idénticas: podemos seguir siendo nosotros mismos sin permanecer iguales.

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El verdadero horror: no saber vivir el presente

Quizás la tragedia más honda de Elisabeth esté en su incapacidad para imaginar una vida valiosa fuera de aquello que fue, más allá del envejecimiento mismo. Elisabeth vive esperando volver a ser Sue, Sue vive intentando prolongar el tiempo que le corresponde, y ninguna consigue vivir plenamente su propia existencia: una espera el futuro, la otra intenta detenerlo, y ambas sacrifican el presente.

Podemos seguir siendo nosotros mismos sin permanecer iguales.

La sustancia funciona, entonces, como una forma de aplazamiento existencial. Elisabeth no necesita afrontar qué hacer con su vida después de perder su lugar en televisión, ni reconstruir vínculos, desarrollar intereses o descubrir nuevas formas de significado, solo necesita esperar siete días, y después otros siete. La intervención le permite posponer una tarea psicológica mucho más compleja: aprender a vivir una vida que ya no puede organizarse exclusivamente alrededor de aquello que fue.

Existe, además, una paradoja adicional: en su intento de recuperar el pasado, Elisabeth sacrifica la posibilidad de construir un futuro, y no solamente pierde aquello que era, también pierde la oportunidad de descubrir aquello en lo que podría convertirse.

La próxima entrega, la última de la serie, trata sobre el desenlace de la película y sobre lo que ese final dice de la mirada de los demás, del papel de la psicoterapia y de nuestra dificultad para aceptar el cambio, y estará disponible el domingo 1 de noviembre.

Sobre este tema en Neurohealth: Depresión

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Artículos escritos por el equipo de profesionales de Neurohealth, centro de salud mental en Santo Domingo.

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