En las reuniones de verano, cuando la familia que vive lejos vuelve a juntarse, suele aparecer algo que por teléfono nadie había notado. Alguien cae en cuenta de que el abuelo preguntó tres veces a qué hora se come, de que repitió la misma anécdota en la misma sobremesa o de que anduvo buscando la llave que tenía en la mano. Al principio uno se ríe del asunto, “cosas de la edad”, decimos, y cambiamos de tema...
Afortunadamente, en la cabeza de alguno queda una inquietud dando vueltas, esa pregunta que nadie se atrevió a poner sobre la mesa, ¿esto es normal, o es el comienzo de algo?
Un simple olvido a los setenta no es necesariamente señal de enfermedad, pero si amerita comenzar a ver con mas detalle.
El cerebro envejece como el resto del cuerpo, y con los años es esperable que la memoria pierda algo de agilidad, que un nombre tarde en llegar, que haya que anotar más las cosas. Olvidar dónde quedaron las llaves le pasa a cualquiera, a los treinta y a los setenta. Lo que enciende una alarma es otra cosa, un patrón que avanza y empieza a comerse la autonomía de la persona, olvidar para qué sirven las llaves, perderse en calles caminadas toda la vida, repetir la misma pregunta a los pocos minutos sin recordar haberla hecho, dejar de manejar el dinero o las medicinas que antes llevaba sin ayuda. La diferencia entre una y otra solo lo aclara una valoración hecha con criterio.
El miedo a saber retrasa una consulta que cambia el pronóstico
El miedo es comprensible, porque la palabra demencia trae consigo un futuro que asusta, y la familia prefiere a veces no mirar. Esa demora, sin embargo, tiene un precio, que paga el envejeciente y toda la familia.
Una parte de los casos de deterioro cognitivo (fallas en la memoria, el lenguaje, la capacidad de razonamiento) responde a causas que se pueden corregir, un déficit de vitamina B12, un problema de tiroides, una depresión que se disfraza de olvido, ciertos medicamentos que enturbian la cabeza, y nada de eso se encuentra si nadie lo busca. Y cuando se trata de un proceso de demencia o degenerativo, llegar temprano permite planificar mientras la persona todavía decide por sí misma, adaptar la casa, preparar a quienes la cuidan, e iniciar tratamientos que ayudan a hacer más lenta la pendiente.
Qué hace una evaluación neuropsicológica

Aquí es donde una evaluación neuropsicológica marca la diferencia. Es un estudio detallado que mide por separado la memoria, la atención, el lenguaje y las llamadas funciones ejecutivas, esa capacidad de planificar, organizar y resolver lo que el día va poniendo por delante. Con ese mapa, y junto a la valoración médica, se puede separar lo que es un envejecimiento esperable de lo que es una depresión, un deterioro cognitivo leve o una demencia ya instalada, y precisar de qué tipo se trata, porque no todas se comportan igual ni se tratan igual. Tener un punto de partida medido también sirve después, permite comparar dentro de un año y saber si algo cambió, si las cosas se mantuvieron estables o empeoraron.
Consultar a tiempo cuida también a quien cuida
En Neurohealth acompañamos tanto a la persona que empieza a notar cambios como a la familia que la rodea, porque el agotamiento de quien cuida es un asunto tan serio como el del paciente, y suele quedar para el final de la lista. Si en estas vacaciones notaste que un familiar mayor repite, se pierde o se confunde más de lo que recordabas, conviene una valoración, aunque sea para quedar tranquilos. Saber qué ocurre, incluso cuando la noticia no es la que se esperaba, suele pesar menos que la incertidumbre de no saber.