En la sala de emergencias le hicieron un electrocardiograma, le sacaron sangre, le midieron la presión dos veces, y a las tres de la mañana un médico cansado le dijo que todo estaba bien, que era ansiedad, que respirara hondo. Ella volvió a casa con un papel que decía “crisis de pánico” y con una duda que el papel no resolvía: si todo estaba bien, por qué el corazón le había latido como si fuera a salírsele del pecho, por qué se le durmieron las manos, por qué sintió con toda certeza que se iba a morir en el asiento del pasajero. Y volvió con un consejo que la próxima vez iba a seguir al pie de la letra, y que la próxima vez no iba a funcionar.
Lo que pasa en el cuerpo durante esos diez minutos
Un ataque de pánico es una alarma de incendio que se dispara sin fuego. El cerebro interpreta una señal cualquiera, un latido más fuerte o el calor de un pasillo lleno, como peligro, y activa en segundos la respuesta que tenemos para huir de un depredador: adrenalina, corazón acelerado, músculos tensos, pupilas abiertas y una respiración rápida y superficial que prepara al cuerpo para correr. Como no hay hacia dónde correr, todo ese oxígeno que entra de más no se gasta, y ahí es cuando viene el problema... Al respirar de más se elimina demasiado dióxido de carbono, la sangre cambia ligeramente su química, y ese cambio produce el mareo, el hormigueo en las manos y alrededor de la boca, la sensación de irrealidad y la opresión en el pecho. Es decir, buena parte de lo que se siente en un ataque de pánico lo fabrica la propia respiración acelerada, y el cuerpo lo tolera sin ningún daño, aunque la mente esté convencida de lo contrario.
Por qué el consejo más repetido a veces empeora las cosas
“Respira hondo” suena razonable y a veces ayuda, pero la persona asustada, que ya está hiperventilando, suele entenderlo como tomar bocanadas grandes y rápidas, y eso baja todavía más el dióxido de carbono y aumenta justo las sensaciones que la aterran. El psicólogo David Clark describió en los años ochenta el mecanismo que mantiene el trastorno: una sensación corporal se interpreta como catástrofe (“me va a dar un infarto”, “me estoy volviendo loca”), esa interpretación dispara más miedo, el miedo produce más sensaciones, y el círculo se cierra en cuestión de segundos. Si se quiere trabajar con la respiración, lo que ayuda es exhalar más largo de lo que se inhala y respirar despacio, por la nariz, con el abdomen, sin buscar llenar los pulmones. Pero incluso eso es una herramienta de emergencia, y el tratamiento consiste en algo bastante más contraintuitivo.
El miedo al miedo, que es lo que se trata

El ataque dura entre cinco y veinte minutos. El trastorno de pánico empieza después, cuando la persona comienza a vigilar su propio cuerpo, a tomarse el pulso, a evitar el gimnasio porque el corazón se acelera, el café, el calor, el cine, el tapón de la autopista del que no se puede salir. Cada evitación alivia hoy y le enseña al cerebro que el peligro existía, de modo que la vida se va estrechando pasillo por pasillo.
Por eso la terapia cognitivo-conductual, que es el tratamiento con más evidencia para el pánico y deja sin crisis a alrededor de siete de cada diez personas que la completan, hace lo contrario de lo que el instinto pide: en sesión se provocan a propósito las sensaciones temidas, girar en una silla hasta marearse, respirar a través de un pitillo, subir escaleras corriendo, para que el cuerpo compruebe, una y otra vez, que el mareo pasa, que el corazón se calma solo y que nada de lo temido ocurre. A eso se le llama exposición interoceptiva, exponerse a las sensaciones internas, y se hace con una lista ordenada de lo más fácil a lo más difícil, con registros, con objetivos que se pueden medir sesión a sesión.
Ese es el método, y es lo que distingue un tratamiento de un consejo. El consejo dice respira, cálmate, no pienses en eso. El método dice: vamos a averiguar exactamente qué sensación temes, qué crees que va a pasar, y vamos a ponerlo a prueba hasta que tu cerebro deje de creerlo. El “calmante” de la farmacia que se compra sin prescripción del médico, dicho sea de paso, hace lo contrario: alivia, pero le confirma al cerebro que sobrevivió gracias a la pastilla, y le quita a la exposición su efecto.
Casi todas las personas que llegan a Neurohealth con pánico ya pasaron por emergencias, por el cardiólogo y por dos o tres videos de respiración, y llegan convencidas de que lo suyo es más grave que lo de los demás, porque a ellas la respiración no les funcionó. Cuando entienden por qué, suelen preguntar por qué nadie se lo explicó aquella madrugada. En psicología clínica, esa explicación es el punto de partida de todo el trabajo que se realiza luego.