Son las tres de la mañana y ella lleva cuarenta minutos dando el pecho en la penumbra del cuarto, con el celular boca abajo para que la luz no despierte al bebé, mientras él duerme, o hace como que duerme, a medio metro de distancia. A las siete, mientras uno calienta el café y el otro busca un pañal limpio, la única conversación posible es sobre la hora de la última toma, la crema para la pañalera y quién llama al pediatra. Se quieren, de eso ninguno tiene duda, pero hace semanas que no se miran como pareja, y ninguno de los dos sabe muy bien en qué momento pasó.
La llegada del primer hijo es una de las alegrías más grandes en la vida de muchas parejas y, al mismo tiempo, una de las transiciones que más tensión les impone, porque se habla mucho de la cuna y de la lactancia, y muy poco de lo que ocurre entre los dos adultos que, de un día para otro, pasan a ser también padre y madre.
Los estudios confirman lo que se vive en casa
En el año 2000, el equipo del psicólogo John Gottman en la Universidad de Washington publicó un estudio que siguió durante varios años a parejas recién casadas, y entre las que tuvieron su primer hijo, el 67 % de las mujeres reportó que su satisfacción con la relación había bajado, frente al 49 % de las que no tuvieron hijos en ese periodo.
El sueño tiene mucho que ver. Un estudio alemán de 2019, con casi cinco mil personas, encontró que en los tres primeros meses después del parto las madres dormían en promedio una hora menos por noche que antes del embarazo, y los padres unos trece minutos menos, y que ninguno de los dos había recuperado su sueño anterior seis años después. Dormir poco durante meses reduce la paciencia de los dos.
El cuerpo de ella cambió, y con él la intimidad
Después del parto, el cuerpo de la mujer necesita tiempo para recuperarse, de una cesárea, de un desgarro o, en todos los casos, de nueve meses de cambios. Los pechos ahora alimentan, la piel y el peso son otros, las hormonas que favorecen la lactancia tienden a bajar el deseo sexual, y muchas mujeres pasan el día entero con un bebé en brazos, de modo que al llegar la noche el contacto físico, incluso el cariñoso, se siente como una demanda más. No es raro que algunas se sientan lejos de su pareja, o lejos de sí mismas, y que les cueste explicarlo sin sentir culpa, y cuando esa distancia viene acompañada de tristeza, ansiedad intensa o la sensación de no reconocerse durante más de dos semanas, es importante consultar, porque la depresión posparto afecta a alrededor de una de cada siete madres y tiene tratamiento.
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Muchos hombres sienten que el bebé y la madre forman un círculo en el que no terminan de encontrar sitio, quieren ayudar y no saben cómo, y cuando lo intentan escuchan que lo hicieron mal, de modo que se retiran hacia lo que sí saben hacer, trabajar más horas, resolver lo práctico, proveer. Ese repliegue, que desde afuera parece desinterés, suele estar hecho de miedo a equivocarse y de una presión económica que crece con una boca más en la casa.
La depresión paterna existe y se diagnostica poco, un metaanálisis publicado en 2010 en el Journal of the American Medical Association, estimó que alrededor del 10 % de los padres la presenta en el embarazo o en el primer año del bebé, con las cifras más altas entre los tres y los seis meses, y que es más frecuente cuando la madre también está deprimida. En los hombres suele asomar como irritabilidad, aislamiento o más horas fuera de casa.
El trabajo de la casa se reparte de otra manera
Un estudio de la Universidad Estatal de Ohio, publicado en 2015, siguió a parejas en las que ambos trabajaban y que antes del bebé se repartían las tareas de la casa de forma bastante pareja, y encontró que, después del nacimiento, el trabajo diario de las mujeres aumentó unas dos horas, y el de los hombres unos cuarenta minutos. A eso se suma lo que no aparece en ningún registro, recordar la cita del pediatra, notar que se acabó la leche, anticipar lo que hará falta mañana. Esa lista mental suele quedar en manos de ella, y el resentimiento que genera termina saliendo en forma de reproches por cosas pequeñas, mientras él se siente juzgado por un esfuerzo que cree que nadie ve.
La familia crece y la pareja se queda sin espacio
En República Dominicana, la llegada de un bebé suele traer también a la familia extendida, la abuela que se muda unas semanas, la suegra que opina sobre la lactancia, las visitas sin aviso. Esa red ayuda muchísimo y también puede dejar a la pareja sin un minuto propio y sin un acuerdo sobre quién decide qué, y cuando todo el tiempo compartido gira alrededor del bebé, la pareja se convierte en un equipo de logística cada vez más distante.
Cuando todo el tiempo compartido gira alrededor del bebé, la pareja se convierte en un equipo de logística cada vez más distante.
Lo que se trabaja en terapia de pareja en esta etapa
La terapia de pareja en el primer año de un hijo tiene objetivos muy concretos: repartir las tareas de forma explícita en lugar de suponer, poner en palabras lo que cada uno echa de menos, darle al padre un lugar propio en el cuidado del bebé, hablar del cuerpo y de la intimidad sin presión de plazos, acordar límites con la familia extendida y recuperar ratos breves en los que los dos vuelvan a ser solo dos. Lo ideal es empezar antes de que la distancia se vuelva costumbre.
Las parejas que piden ayuda en esta etapa suelen sorprenderse de lo común que es lo que les pasa, y del alivio que da entender que esa distancia tiene una explicación y se puede trabajar entre los dos.
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